miércoles, 24 de octubre de 2012

Iglesias habaneras: Iglesia de la Catedral


    En 1788, por orden del obispo Felipe José de Tres Palacios —«rico hidalgo salamanquino», según el historiador Jacobo de la Pezuela—, comenzaron las obras de reconstrucción y transformación del hasta entonces oratorio de San Ignacio en la Iglesia Catedral, dedicada a la Purísima Concepción, cuya imagen se alza en su altar mayor.
   Durante la prelacía del obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa (1802-1832), se llevaron a cabo importantísimas reformas en el edificio, destruyendo cuanto en ella se consideró entonces de mal gusto en ador­nos, altares, estatuas de santos, y sustituyendo éstas por cuadros al óleo, copias de originales de Rubens, Murillo, y otros grandes maestros, pin­tados por el artista francés Juan Bautista Vermay, que vivió largo tiempo en La Habana, y sus discípulos.
   Pero nosotros no podemos menos de lamentar que el «amor a la sencillez y a las líneas regulares» que distin­guía a Espada, nos haya privado de poder contemplar los «adornos góti­cos» que distinguían a esta iglesia, y arrancara de la Catedral «el cuadro que representaba —seguimos a Pezuela— el forzoso embarque del obispo Morell de Santa Cruz en 1762 y la violencia que con este prelado cometieron entonces los ingleses»; obra de arte muy pintoresca sin duda y que suponemos hoy en el Palacio Arzobispal de La Habana.
  El templo forma un rectángulo de 34 x 35 metros, dividido interior­mente por gruesos pilares en tres naves y ocho capillas laterales. El piso es de baldosas de mármol negro y blanco. Entre sus capillas se destacan la muy antigua de Nuestra Señora de Loreto, consagrada por el obispo Morell de Santa Cruz en 1755, es decir, mucho antes de la transformación del oratoria en catedral; y la llamada del Sagrario, con entrada indepen­diente, que corresponde a la parroquia anexa a la catedral.
   El eminente arquitecto cubano, Joaquín M. Weiss, que fue Profesor de Historia de la Arquitectura de la Universidad de La Habana, nos dice:
   Ninguna noticia tenemos del proyectista de la Catedral, y sólo se mencionan, en relación con su construcción, al arquitecto habanero Lorenzo Camacho, a quien se atribuye la hermosa por­tada de la capilla de Nuestra Señora de Loreto; y a Pedro de Medina, maestro de alguna reputación, que ejerció en La Habana, durante la segunda mitad del siglo XVIII, y a quien, por lo menos, se encargaron las reformas realizadas a fines del mismo.
Sin em­bargo, para nosotros es evidente que los jesuitas tenían un plan perfectamente detallado antes de comenzar las obras, tal vez tra­zado por un miembro de la misma Orden; y que los maestros que intervinieron en la construcción no hicieron otra cosa que ajus­tarse al proyecto original: tal abonan los documentos, el carácter netamente jesuítico, y la unidad arquitectónica de la obra”.
   Con respecto a la fachada sí asegura el distinguido arquitecto y urbanista Luis Bay Sevilla:
   La actual fachada de la Catedral, puede asegurarse que es obra del arquitecto gaditano Pedro Medina, que trabajó en el Palacio Municipal, el Arco de Belén y en otros edificios importantes de la Capital. Un contemporáneo suyo, el ilustre médico cubano Dr. Tomás Romay, lo proclamó así en la oración fúnebre que en honor a su memoria pronunciara en la Sociedad Económica de Amigos del País, meses después de ocurrida su muerte en esta capital, el 27 de septiembre de 1796, contando cincuenta y ocho años de edad.
   Las obras de escultura y orfebrería del altar mayor y su tabernáculo, en ricos mármoles y metales, son casi todas obra del artista italiano Bianchini, ejecutadas en Roma en 1820, bajo la dirección del famoso escultor español Antonio Solá.
Tras de dicho altar mayor se conservan tres grandes frescos, origi­nales del ilustre pintor italiano Giuseppe Perovani, que inspiraron una oda altamente elogiosa a nuestro primer poeta, Manuel de Zequeira y Arango.
   Son, con los cuadros de Vermay, las obras más notables de este género que encierra ese templo. Y los frescos debidos al pincel de Perovani tienen, además de su mérito artístico, un cierto valor histórico, ya que de este artista se tiene noticia de que fue el primero que se dedicó a la enseñanza de la pintura en La Habana.
   Asimismo tiene gran valor histórico un tabernáculo situado al lado izquierdo del altar mayor, regalo de uno de los más ricos e influ­yentes entre los primeros vecinos de la entonces villa de La Habana, el muy nombrado Juan de Rojas, a la vieja Parroquial Mayor, que, por lo demás, como sabemos, era un templo pobrísimo.
   En la nave central catedralicia se alzaba, hasta el cese de la domi­nación española, un imponente monumento funerario erigido poco antes en homenaje a Cristóbal Colón, obra del artista español Arturo Mélida, y que contenía las supuestas cenizas del Gran Almirante —objeto de interminables polémicas sobre su autenticidad—, que habían sido traídas de Santo Domingo en 1796, al ser cedida dicha isla por España a Fran­cia, y que fueron trasladadas en 1898 a Sevilla en cuya catedral reposan, encerradas en aquel mismo mausoleo.
    Pero quedan en la Catedral varias tumbas interesantes, sobresa­liendo, en la citada capilla de Santa María de Loreto, la del obispo que fue de La Habana Don Apolinar Serrano, sobre la cual se levanta la estatua orante de dicho prelado.
   Desde 1941 cuenta la Catedral con un Museo Capitular donde se han cogido las muchas interesantísimas y muy valiosas obras y joyas que posee, entre las cuales se destacan varios sagrarios o custodias de gran mérito, como la que fue donada por el obispo Morell de Santa Cruz, una colección de retratos al óleo de los obispos de la diócesis habanera y un cuadro muy pequeño, que representa el Papa celebrando la Misa ante el Emperador y grandes dignatarios eclesiásticos y civiles, y que se dice fue pintado en Roma en 1478, es decir, catorce años antes del des­cubrimiento de América, y que no sabemos cómo hubo de llegar a Cuba.
   De 1946 a 1949, la Catedral fue sujeta a un amplísimo proceso de restauración, o, más bien, de renovación, dirigido por el arquitecto Cris­tóbal Martínez Márquez, con el fin de remediar graves defectos que presentaba en su construcción, debidos al hecho de que la falta de fondos impidió que la primitiva iglesia del oratorio de los jesuitas —pudiese ser totalmente reconstruida según los planes de los obispos Morell, Tres Palacios y Espada, aparte de que tampoco los jesuitas habían llegado a terminar su plan primitivo.
   Para estas obras, ejecu­tadas por iniciativa del Cardenal Arzobispo de La Habana, Manuel Arteaga, el gobierno del Dr. Ramón Grau San Martín aportó la can­tidad de $250,000. Esta reconstrucción fue un verdadero éxito, pues el templo, gracias a ella, ganó mucho en luz, ventilación, seguridad, belleza y, sobre todo, en grandiosidad.    
   En esa ocasión fueron colocadas, en dos nichos de la fachada, las estatuas de Cristóbal Colón y el Padre de Las Casas, originales del escultor cubano Sergio López Mesa, buenas obras de arte, pero cuyo estilo moderno contrasta con la vieja fachada. Posteriormente el Gobierno Revolucionario suprimió estas estatuas ina­decuadas al lugar.
   La Catedral forma, con el convento de San Francisco, la iglesia de Paula, la de la Merced y acaso la del Ángel, el grupo de templos habaneros de la época colonial que merecen conservarse como monu­mentos representativos de aquella época de nuestra historia. A la Cate­dral la favorecen, además, el aspecto interesantísimo y típicamente colo­nial de la plaza frente a la cual se levanta, y que lleva su nombre, y los edificios, bellas casas netamente habaneras de antaño que, en torno de la plaza, parecen hacer permanente guardia de honor al viejo templo.
    De su exterior, donde resalta la asimetría de sus dos torres tan notoriamente desiguales, dice acertadamente Weiss:
   Estilísticamente este edificio va mucho más allá que cualquier otro monumento de nuestro sobrio barroco setecentista: la conca­vidad de su muro de fachada, con las columnas dispuestas en án­gulo; el grado a que han sido llevadas la inscripción e intersec­ción de los elementos arquitectónicos; y el contorsionismo de sus líneas, lo hermanan a las obras más radicales de la escuela barrominesca.
   La Catedral de La Habana, no sólo prestigia la antigua Plazuela de la Ciénaga que sin ella perdería mucho de su vene­rable personalidad, sino que ha trascendido a nosotros como sím­bolo espiritual de nuestro pasado y blasón inapreciable de nuestra arquitectura colonial.