martes, 16 de octubre de 2012

Esquinas de La Habana: Galiano y San Rafael, La esquina del pecado

     Por las numerosas mujeres que se reunían allí para comprar o ver vidrieras y también para que las vieran, y reforzada por la entrada y salida de las empleadas de las tiendas, es que la conjunción de las calles habaneras de Galiano y San Rafael recibió el nombre de La esquina del pecado.
   Decía el intelectual cubano Jorge Mañach en sus Estampas de San Cristóbal (1926) que Obispo era una calle conservadora y recalcitrante que defendía su viejo prestigio con celo conmovedor, y que San Rafael era arribista y nueva rica, en tanto que Galiano y Belascoaín no acertaban a definirse.
   Pero en la misma fecha llamó «encantadora» a la esquina de Galiano y San Rafael, y la calificó de «lujosa, perfumada y trémula». Precisó el ensayista: «Vía crucis de los instintos… por donde, a la hora “del cierre”, en que la villa se esponja empapada de crepúsculo, discurre quebradamente el mujerío inefable de San Cristóbal».
   Se dice que por las numerosas mujeres que se daban cita en la zona para hacer sus compras y ver vidrieras y también para que las vieran, grupo que se reforzaba con la entrada y salida de las empleadas de las tiendas, es que ese sitio recibió el nombre de esquina del pecado.
   Sin embargo, Eduardo Robreño y Renée Méndez Capote aseguraban que con tal nombre bautizó antes el periodista Lozano Casado a la esquina de Galiano y Neptuno. Eso poco importa hoy. Lo que resulta verdaderamente significativo es que Galiano y San Rafael se convirtió en el punto comercial por excelencia de La Habana.
   Hasta 1915, Obispo y O’Reilly eran la meca del comercio y la moda, como lo eran de los ministerios, la banca y los bufetes de prestigio.
    Obispo hallaban asiento la mejor heladería, la dulcería más solicitada, la farmacia más confiable, las librerías más actualizadas. Joyerías de nombre como La Casa de Hierro y el Palais Royal, tiendas como La Villa de París y La Francia, una sastrería reputada como la del padre de Julio Antonio Mella, se localizaban asimismo en esa calle.
   Una modista de gran fama, madame Laurent, tenía su taller en O’Reilly. La corsetera madame Monin y sombrereras como madame Souillard y las hermanas Tapié radicaban por excepción en la calle Muralla, como madame Marie Copin, en Compostela.
   Cuando la gran bailarina rusa Ana Pávlova estuvo en La Habana renovó todo su ajuar con esa célebre modista francesa.
   No aceptaban las cubanas de la época, pobres o ricas, las confecciones norteamericanas. La seda venía de Francia, el olán y en nansú, la muselina, el organdí y los casimires, de Francia y Reino Unido.
   Los encajes llegaban desde Bélgica y de España venía la ropa de cama, de hilo puro. Los buenos zapatos se hacían en Cuba, con pieles importadas por zapateros cubanos.
   Todo esto cambia a partir de 1915, cuando la esquina de Galiano y San Rafael empieza a ser lo que fue después. Cinco años después, esa esquina era ya el sitio donde se medía el pulso de la ciudad.
   En 1877 La Ópera abrió sus puertas en Galiano y San Miguel. Veinte años después lo hizo Fin de Siglo en un pequeño local que creció al ritmo de la gran Habana. En 1927 se inauguraba La Época con solo seis empleados; serían 400 en 1957.
   La primera tienda de que se tenga noticia que funcionó en el área se llamó El Boulevard; estaba situada justo el sitio que ocupó después el Ten Cents.
Se desconoce la fecha de su inaguración, pero sí que sus propietarios vendieron El Boulevard en 1887.
   Aprovechando el espacio, los nuevos dueños abrieron allí La Casa Grande, que prestó servicio hasta 1937 cuando vendieron a su vez el local, donde se instaló el Ten Cents, comercio minorista de artículos varios, casi todos importados, que desde 1924 tenía su sede en San Rafael y Amistad.
   Donde hoy se encuentra Flogar estuvo durante años el café La Isla, el más popular del país, famoso por su bien condimentada comida y sus exquisitos helados.
   El Encanto se inició en 1888 en Guanabacoa. Pasó después a Compostela y Sol hasta que halló sitio en Galiano y San Rafael y creció desmesuradamente. Comenzó El Encanto en un pequeño espacio y en sus ansias de crecer sus propietarios emprendieron la compra de los locales vecinos.
   Al escritor Raymundo Cabrera, padre de Lydia, la famosa autora de El monte, le pagaron quinientos mil pesos por una casa que no los valía y adquirieron también la sastrería La Imperial, que tenía su frente por la calle San Rafael.   
   Todos cedían ante ellos, menos el propietario del pequeño local que se ubicaba justo en la esquina de Galiano y San Rafael. Nada lo tentaba; nada parecía convencerlo de que vendiera hasta el día en que le hicieron una oferta irresistible: setecientos mil pesos constantes y sonantes.
   En 1958, El Encanto disponía de tres almacenes y más de mil empleados, 300 de los cuales se desempeñaban en la tienda central de Galiano 351 esquina a San Rafael. Y tenía sucursales en Varadero, Santa Clara, Cienfuegos, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba.
   Cuando el fuego asesino lo destruyó en 1961 El Encanto era la tienda por departamentos más importante del país
   Por cierto, es de El Encanto la chaqueta de vinil que luce el comandante Ernesto Che Guevara en la famosa fotografía de Korda.

Un texto del periodista cubano Ciro Bianchi