viernes, 6 de enero de 2012

Nobel de la Paz: cuando la inmoralidad se convierte en premio


En estos tiempos que andan, donde se trastocan principios y conceptos, y en medio de la fuerte campaña internacional que se despliega a favor de la libertad de Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero y Fernando González, los Cinco antiterroristas cubanos prisioneros injustamente en cárceles norteamericanas, y cuando se alzan las voces de todo el planeta exigiéndole al Premio Nobel de la Paz Barack Obama, presidente de Estados Unidos, que los libere, un mensaje de e-mail me hizo recordar una historia muy relacionada con el otorgamiento de estos premios.
Me refiero a Irena Sendler, conocida internacionalmente como «El Ángel del Gueto de Varsovia», una enfermera polaca que durante la Segunda Guerra Mundial ayudó y salvó a más de dos mil quinientos niños judíos prácticamente condenados a morir, arriesgando su propia vida.
Sendler fue nominada al Premio Nobel de la Paz en 2007, pero los etiquetados académicos de Oslo entendieron que no lo merecía, y decidieron entregárselo al ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore.
La historia de Irena Sendler fue conmovedora. Durante la Segunda Guerra Mundial, Irena consiguió un permiso para trabajar en el Ghetto de Varsovia, como especialista de alcantarillado y tuberías.

Pero sus propósitos iban más allá de ejercer su profesión. Sabía cuáles eran los planes de los nazis para con los judíos. Desde el campo de concentración, pasaba niños escondidos en el fondo de su caja de herramientas y llevaba un saco de arpillera en la parte de atrás de su camioneta (para niños de mayor tamaño). También llevaba en la parte de atrás un perro al que entrenó para ladrar y ahuyentar a los soldados nazis cuando salía y entraba del Ghetto.
De esta manera, consiguió sacar del campo de concentración y salvar de una muerte segura a 2,500 niños. Cuando los nazis la atraparon y le rompieron ambas piernas y los brazos.
Irena mantenía un registro de los nombres de todos los niños que sacó y lo guardaba en un frasco de cristal enterrado bajo un árbol en su jardín. Después de la guerra, intentó localizar a los padres que pudieran haber sobrevivido y reunir a la familia. La mayoría habían sido llevados a la cámara de gas. Aquellos niños a los que ayudó encontraron casas de acogida o fueron adoptados.
Pero Irena no fue merecedora del Premio Nobel por la Paz.
Dos años después de no premiar su empeño, el Nobel por la Paz fue a manos del presidente norteamericano Barack Obama, que a pesar del lauro, aún mantiene abierta la prisión en la ilegal Base Naval de Guantánamo, deporta de manera inmisericorde a cientos de miles de inmigrantes ilegales, mantiene guerras de rapiña, no libera a los Cinco antiterroristas cubanos y sigue al frente de un Imperio que se supone policía del mundo.
 Irena Sendler murió hace tres años, con 98 de edad y se fue a la tumba con el amargor de ver como los intereses y el dinero, hacen que  la inmoralidad se convierta en premio.