miércoles, 23 de abril de 2014

Muere Conrado Marrero a los 103 años, se va una gloria del béisbol cubano


estelar pitcher cubano Conrado Marrero

   A solo dos días de cumplir 103 años Conrado Marrero falleció en horas de la mañana de este miércoles en La Habana.
   Nacido en la finca Laberinto, Marrero tuvo una exitosa carrera deportiva durante dos décadas, primero lanzando con equipos de la Liga Amateur y más tarde con el Almendares, ya como profesional, En Grandes Ligas vistió la franela de los Senadores de Washington durante cinco años.
   Acumuló un total de 367 victorias, fue integrante de equipos Cuba ganadores de Campeonatos Mundiales y luego de su retiro en 1958 se dedicó a la tarea de entrenar a jóvenes talentos del pitcheo, especialmente en las provincias orientales.
   Sus restos mortales serán cremados. Con su desaparición, Cuba pierde a una auténtica gloria deportiva, orgulloso siempre de haber nacido en esta tierra.

Conrado Marrero: un ¡hasta luego! por el Premier
Por Sigfredo Barros

   Nacido en la finca Laberinto, en las inmediaciones de Sagua la Grande, actual provincia de Villa Clara, Marrero, el Premier o “Connie”, como le decían cuando llegó a las Grandes Ligas, fue un ejemplo de tenacidad, constancia y consagración.
   Había que verlo, y oírlo, sempiterno tabaco agarrado entre sus dedos, las volutas de humo subiendo en espiral, los ojos semi cerrados concentrado en sus recuerdos, mientras su voz ronca repetía una y otra vez cómo les lanzó a los Yankees cuando les ganó en una ocasión: “a Mickey Mantle le tiré una “curvita afuera”…a Berra, ese c… era bateador de bolas malas, muy difícil”.

   Conrado Eugenio Marrero Ramos, nacido en Laberinto el 25 de abril de 1911, dejó de
Conrado Marrero - foto Ricardo López Hevia
respirar este miércoles, casi a los 103 años de vida, que lo convirtieron en el exjugador de Grandes Ligas vivo de mayor edad durante un buen tiempo.
   Cubano de pura cepa, nunca perdió su característico buen humor. Cuando lo entrevisté en ocasión de su 99 cumpleaños, me respondió al preguntarle que cómo se sentía: “Chico, cómo tu crees que se sienta después de haber dado tantas vueltas en casi 100 años. Solo me queda esperar por la Parca”.
   Nacido en la finca Laberinto, en las inmediaciones de Sagua la Grande, actual provincia de Villa Clara, Marrero, el Premier o “Connie”, como le decían cuando llegó a las Grandes Ligas, fue un ejemplo de tenacidad, constancia y consagración.
   En 1950 entró en la nómina de los Senadores de Washington, un equipo sotanero cuyo lema era todo un canto a la prepotencia yanqui: “Washington, primero en la guerra, primero en la paz…y último en la Liga Americana”, la única verdad de toda la frase. Una anécdota —nunca confirmada—, afirma que cuando llegó al campo de entrenamiento el mentor Bucky Harris, exclamó: “!yo pedí que me trajeran un pitcher, no un carga bate¡”.
   Era bajito, aproximadamente cinco pies y medio, envuelto en unas 160 libras, con brazos cortos y manos pequeñas. No tenía ni por asomo físico de atleta. “Parecía más un tendero o un campesino que un pelotero”, según un reporte de la época.
   Pero hay cualidades que no pueden verse a simple vista. A Marrero le sobraba corazón y habilidad. Corazón para enfrentarse en el box a los grandes bateadores de aquella época (Williams, Mantle, Al Kaline) sin asomo de temor, dependiendo fundamentalmente de su control. “Era un guajiro “pícaro”, capaz de lanzar un juego tirando curvas y sliders, casi sin utilizar la recta, poniendo la bola donde quería”, afirmó en una oportunidad Andrés Fleitas, quien fuera su receptor en tres Campeonatos Mundiales Amateurs.
Marrero a su paso por las Grandes Ligas norteamericanas
   Habilidad para no repetir lanzamientos y para no dejar que lo dirigieran cuando estaba en el box. “A mí nunca nadie me dirigió, el catcher y yo llevábamos el juego. El pitcher tiene que tener memoria y recordar con qué lanzamiento le dieron un batazo y no repetirlo cuando llegaba de nuevo ese bateador. Yo recordaba siempre con qué lanzamiento me daban un batazo”, dijo en más de una ocasión.
   Su paso por el amateurismo fue brillante, siempre con el equipo Cienfuegos. Ganó 128 juegos, perdió 41 y en siete temporadas consecutivas su promedio fue inferior a las dos carreras limpias, con destaque para lo conseguido en 1945, cuando sumó 22 éxitos y solo 5 fracasos, con 1,21 de promedio.
   Semejante labor lo catapultó al profesionalismo, debutando en México con los Indios de Juárez y llevándose el crédito de la victoria en 24 ocasiones. A partir de 1947, Marrero simultaneó dos torneos distintos al año, uno en la Liga Profesional Cubana y otro en Estados Unidos, primero con los Havana Cubans y a partir de 1950 con los Senadores de Washington. Con estos últimos ganó 39 juegos, perdió 40 y en 1951 —a los 40 años de edad—, fue seleccionado en el equipo Todos Estrellas de la Liga Americana.
   Su último año como lanzador activo fue 1958, en Nicaragua con el equipo León. En total ganó 367 juegos y su promedio de carreras limpias fue de 2, 22, toda una hazaña para un hombre que lanzó más de 4 500 entradas en sus dos décadas de labor.
   A partir del triunfo de la Revolución comenzó una nueva carrera, la de entrenador de varios elencos de la Serie Nacional, especialmente los de la región oriental, repitiendo una y otra vez su frase favorita: “pitcher sin control no es pitcher”.
   Sufrió adversidades —varios de sus seres más queridos emigraron hacia Estados Unidos—, pero él siempre permaneció fiel a su país, a sus costumbres, a fumarse tabaco tras tabaco mientras hablaba de pelota.
   Cubano de nacimiento, orgulloso de serlo. Con su desaparición Cuba pierde una gloria…pero gana una leyenda. A los hombres como él no se les dice adiós. Solo un ¡hasta luego!

Tomado del sitio digital del periódico Granma