domingo, 13 de abril de 2014

La mano asesina que incendió El Encanto y mató a Fe del Valle



 Carlos González Vidal, autor del sabotaje a El Encanto 
    Hace 53 años, Carlos González Vidal, de 23 años, era empleado del departamento de discos en la prestigiosa tienda El Encanto, ubicada en la céntrica esquina habanera de Galiano y San Rafael. El Encanto era uno de los símbolos comerciales más significativos de la capital cubana, razón para que fuera un blanco de interés en los planes de agresión contra nuestro país.
   La agresividad contra la Revolución cubana de Carlos González Vidal resultaba notoria con críticas, censuras y comentarios adversos a las medidas populares que el gobierno adoptaba y que iban contra latifundistas, explotadores y posesiones de transnacionales estadounidenses.
   Emparentado con Reynold González, cabecilla del Movimiento de Recuperación del Pueblo (MRP), González Vidal se incorporó a esa organización terrorista a fines de 1960, desde donde realizó diferentes acciones terroristas encaminadas a destruir la naciente Revolución.
   Unos días antes del criminal siniestro que provocó la muerte de la empleada Fe del Valle, 18 personas más lesionadas y alrededor de 20 millones de dólares en pérdidas económicas, estalló una bomba en los portales de la tienda, que destruyó las vidrieras de la calle Galiano, las del Ten Cent y las de la peletería La Moda, ambas situadas al frente, pero que no tuvo implicaciones mayores, como las que la contrarrevolución esperaba.

   El afán de desestabilizar la naciente Revolución Cubana mediante actos terroristas, que se llevaron a cabo como preámbulo a la invasión de Playa Girón, provocó que en la tarde del 13 de abril de 1961, González Vidal, armado de dos petacas incendiarias preparadas con explosivo plástico C-4, las colocó ese mismo día en el segundo piso de la tienda. El asesino, conocedor de la tienda pues trabajaba en el departamento de discos, muy cerca del de sastrería, en el cual, como es ostensible, abundaban las telas, y allí fue donde situó las cargas letales.
   Accedió a realizar esa acción, si de inmediato lo sacaban del país. Y así lo intentó, porque una vez colocados los objetos incendiarios, lo condujeron a Playa Baracoa, una idílica localidad costera a unos 30 kilómetros al oeste de La Habana, por donde trataría de abandonar ilegalmente el territorio cubano.
   La casualidad se interpuso en el deseo del terrorista. Al frente de una compañía de milicianos destacada en el lugar, iba un compañero de apellido Pena, también empleado de El Encanto y que tras un curso apresurado, se graduó de jefe de compañía de las Milicias Nacionales Revolucionarias.
   Pena recibió la información de que señales lumínicas solo apreciables desde el mar, salían de una de las casas del litoral baracoense.
   Ordenó de inmediato requisar la hilera de residencias de donde se originaban las luces y en una de ellas un miliciano detuvo a González Vidal, quien, al ser interrogado, respondió que se hallaba allí de visita en casa de una tía.
   Pero Pena, al reconocerlo como empleado de El Encanto, tomó la decisión de enviarlo a una dependencia de la Seguridad del Estado, sita en las calles 5ta Avenida y 14, en la barriada capitalina de Miramar. Éste último solo sabía por comentarios de lo ocurrido en la afamada tienda capitalina.
   En la continuación del episodio también influyó lo fortuito, porque el entonces novel oficial de los órganos de la Seguridad del Estado, Oscar Gámez conoció, casi sin proponérselo, de la presencia de su excompañero de trabajo.
   Gámez había comenzado su vida laboral a finales de los años 50 en El Encanto, como auxiliar en el departamento de distribución de paquetes, una división que contrataba a personal por tiempo limitado durante las etapas de mayor venta del año.
   Ni imaginaba que aquel hecho fortuito, casual, tal vez para él promisorio, por trabajar en un lugar tan conocido, le proporcionaría años más tarde la posibilidad de revelar a la historia el asesino que provocó el incendio y posterior derrumbe del establecimiento comercial, en el cual murió calcinada Fe del Valle, una de sus empleadas.
   Después del triunfo de las fuerzas rebeldes en enero de 1959, Gámez continuó en sus labores en la prestigiosa tienda, ya siendo parte de la plantilla oficial, como vendedor, pero sometido a una leonina condición de los dueños de renovar contrato cada mes.
   Gámez, hoy coronel del Ministerio del Interior, relató que había centenares de detenidos. Se llevaba a cabo una operación para anular la posible ayuda desde lo interno a una invasión estadounidense o de otro tipo, y con el apoyo popular, las fuerzas del MININT neutralizaban a los contrarrevolucionarios.
   Al primer contacto, el ahora director del Instituto Superior de Ciencias Policiales, de La Habana, no se le ocurrió ni por asomo que tenía enfrente al terrorista causante de la destrucción de El Encanto, y orientó las preguntas hacia otros temas.
   Pero, tal vez desde su interior o porque sus superiores habían sugerido que se buscara información sobre el sabotaje de la tienda, Gámez sorprendió a González Vidal con una jugarreta que dio resultado.
   Relató en el libro Girón, La Batalla Inevitable, del escritor Juan Carlos Rodríguez: "A mí me habían dicho que en el Tikoa Club se habían ocupado 50 ametralladoras, y aunque todo aquello resultó ser mentira, yo sabía que el Tikoa era propiedad de un familiar de Carlos.
   Entonces le solté a boca de jarro: Tú estás enredado en el asunto de las ametralladoras que se ocuparon en el Tikoa. “-En eso sí que no”, me respondió rápidamente, sin pensarlo.
   Le pedí al otro compañero que tomaba notas que saliera de la habitación. Cuando nos quedamos solos, lo miré fijamente a la cara y le dije: con el fuego (de El Encanto) si tuviste que ver. Se echó a llorar. Un rato después se compuso y confesó".
   El terrorista Carlos González Vidal recibió como castigo todo el peso de la ley.

Con información tomada de la Internet