martes, 29 de abril de 2014

De santos, la quema del indio Hatuey y viejas heridas salvadoreñas



   Después de la reciente canonización de Juan Pablo II, no puedo olvidar al indio Hatuey y la historia que mis maestros me enseñaron durante mi formación en las escuelas cubanas.
   Cuando vi las noticias llegadas del Vaticano que anunciaban el viaje eterno al Paraíso de los inmaculados hombres-santos, a donde enviaban el espíritu de Karol Wojtyła, devenido el “Papa viajero”, recordé la vieja leyenda del indio taíno-cubano, atado a un árbol para ser quemado vivo por enfrentar a los colonizadores españoles.
   Según cuenta fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), -que conste que la historia no tiene visos comunistas porque fue narrada en el siglo XVI-, el indio guerrero fue condenado a la hoguera, castigo reservado a los más viles criminales. Pero cuando estaba a punto de ser quemado, al preguntársele si quería convertirse en cristiano para subir al cielo, Hatuey preguntó: "¿Y los cristianos también van al cielo?"
   Al recibir una respuesta afirmativa por el clérigo oficiante y testigo del salvaje sacrificio, afirmó el cacique, sin más pensar, que: "No quiero yo ir allá, sino al infierno, por no estar donde estén ustedes y por no ver tan cruel gente".

   Así mismo se deben estar sintiendo los niños vejados por la iglesia, las víctimas de los
curas pedófilos que terminaron siendo protegidos por el venerado Juan Pablo II. Arrasados por el fuego infernal que distancia a víctimas y victimarios.
   Como afirma Eduardo Febbro en su artículo Postal de un espectáculo religioso obsceno, recientemente publicado en el sitio digital argentino Página 12, “declarar santo a Karol Wojtyla es olvidarse del abrumador catálogo de pecados terrestres que pesan sobre este papa: amparo de los pedófilos, pactos y regateos con dictaduras asesinas, corrupción, suicidios jamás aclarados, asociaciones con la mafia, montaje de un sistema bancario paralelo para financiar las obsesiones políticas de Juan Pablo II –la lucha contra el comunismo–, persecución implacable contra las corrientes progresistas de la Iglesia, en especial la de América Latina, o sea, la frondosa y renovadora Teología de la Liberación”.
   El día de la canonización, ¿qué habrá pasado por las mentes de las víctimas ultrajadas por el padre pedófilo Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y amparado por Juan Pablo II?, ¿o por las memorias de los sobrevivientes chilenos de la dictadura de Augusto Pinochet?
   ¿Qué habrán pensado miles de católicos salvadoreños que no olvidan los ultrajes que el Santo Padre ahora santo, le hizo a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, después asesinado por los mismos que defendía el Sumo Pontífice?
   El hoy reverenciado “santo”, en vez de escuchar los reclamos del clérigo salvadoreño ante la matanza a que era sometido su pueblo, le exigió que se pudiera al servicio de los verdugos.
   No extiendo el rosario, pues estaré expuesto a que me excomulguen, pero les dejo esta narración del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, en su libro Espejos, que recuerda este oprobioso pasaje entre su Santidad Juan Pablo II y el mártir salvadoreño.


El milagro que San Juan Pablo II se negó hacer

En la primavera de 1979, el arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, viajó al
Juan Pablo II conversando con Monseñor Oscar Arnulfo Romero
Vaticano. Pidió, rogó, mendigó una audiencia con el papa Juan Pablo II:
-Espere su turno.
-No se sabe.
-Vuelva mañana.
Por fin, poniéndose en la fila de los fieles que esperaban la bendición, uno más entre todos, Romero sorprendió a Su Santidad y pudo robarle unos minutos.
Intentó entregarle un voluminoso informe, fotos, testimonios, pero el Papa se lo devolvió:
-¡Yo no tengo tiempo para leer tanta cosa!
Y Romero balbuceó que miles de salvadoreños habían sido torturados y asesinados por el poder militar, entre ellos muchos católicos y cinco sacerdotes, y que ayer nomás, en vísperas de esta audiencia, el ejército había acribillado a veinticinco ante las puertas de la catedral.
El jefe de la Iglesia lo paró en seco:
-¡No exagere, señor arzobispo!
Poco más duró el encuentro.
El heredero de San Pedro exigió, mandó, ordenó:
-¡Ustedes deben entenderse con el gobierno! ¡Un buen cristiano no crea problemas a la autoridad! ¡La iglesia quiere paz y armonía!
Diez meses después, el arzobispo Romero cayó fulminado en una parroquia de San Salvador. La bala lo volteó en plena misa, cuando estaba alzando la hostia.
Desde Roma, el Sumo Pontífice condenó el crimen.

Eduardo Galeano en su libro "Espejos".