martes, 26 de agosto de 2014

El Cortázar de mis memorias, a cien años de su cumpleaños



Por Miguel Fernández Martínez

   Hoy desperté más tarde de lo que regularmente lo hago a diario. Ni siquiera sentí el despertador que me molesta e interrumpe siempre en el último capítulo de mis sueños.
   Me quedé en la cama tratando de descubrir unos raros círculos verdosos que se desdibujaban en el blanco y desvencijado techo que me cubre de la lluvia y el frio.
¿Serán cronopios?, pensé, mientras estiraba mis huesos crujientes y adoloridos. Y fue que recordé que este 26 de agosto estarías cumpliendo, querido Cortázar, tus primeros cien años de vida eterna.
   Como no te conocí y nunca supe donde vivías, me antojé de ir al cementerio de Montparnasse para festejar en ese lugar medio snobista, donde desde hace años te tomas un descanso de este incomprensible mundo de los vivos.
   Para nadie es un secreto las tertulias escandalosas con tus vecinos de barrio –digo, de bóvedas- donde entre vinos y cigarrillos se burlan de los transeúntes cabizbajos que pasean las calles del cementerio.
   Te imagino escuchando los últimos poemas de Tristan Tzara, las historias de Beckett, las polémicas filosóficas de Sartre y Simone, o las tristezas de Vallejo.
   Claro que fue imaginario, casi surrealista mi viaje a Paris en calzoncillos. Como no tengo ni visa ni dinero para viajar hasta allí, saqué boletos en mi cama, cerré los ojos, obvié a aeromozas y aduaneros y me vi en la Ciudad Luz, buscándote para compartir un café en la puerta del teatro de Champs-Élysées, donde alguna vez tuviste el majadero capricho de inventar esa palabrita que hoy repiten hasta el cansancio todos los pseudo-intelectuales que jamás han sabido leer Rayuela como sugeriste.
   De todos modos tú eres el Cronopio mayor, el grandísimo Cronopio, así que será un placer me acompañes a escuchar la trompeta de Armstrong, y le pediremos que cante Hello Dolly solo para nosotros dos, aunque él no entienda que carajo hace el gran Cortázar paseando por París con un desconocido periodista cubano.
   Ayyy… Julio Florencio, el negro maravilloso no sabe que por ti aprendí a dibujar fuera del margen de mis libretas de apuntes, que fuiste tú el que me enseñó a escribir poemas sin rima y que si puedo deambular verde y húmedo en mis silencios nocturnos, fue por leerte hasta el desvelo en mis años juveniles.
   Por tu culpa todavía me siento, muchas veces, como un Horacio Oliveira, vagando por los puentes (el del río Almendares es el más cercano) buscando a una amante que no es Maga ni me hace caso, y que solo la escucho hablando en la radio cada mediodía.
   No me preguntes por qué te he seguido hasta aquí. Hace 53 años viniste por última vez a mi Cuba y se te olvidó llevarme de regalo unas marugas, y como castigo me leí tus libros, y me dejaste descubrir que eres uno de los autores más innovadores y originales de tu tiempo.
   Contigo descubrí que lo real y lo fantástico, se entremezclan en ese realismo mágico, casi surrealista, que nos deja seguir soñando sin desanudar las botas.
   ¡Cuánta falta nos haces en estos tiempos difíciles!
   Por eso no me levantaré de la cama. Sencillamente porque no me da la gana, y brindaré con un té de hojas de naranja por tu glorioso centenario, Julio Cortázar, amigo.

La Habana, 26 de agosto 2014