martes, 28 de octubre de 2014

No pierdo la esperanza de ver desaparecer el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba



   Yo nací el 1 de mayo de 1959, y cuando apenas tenía un mes de nacido, el presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, amenazó, por primera vez, con restringir el comercio con mi país -Cuba-, reducir la cuota azucarera cubana, prohibir la inversión privada norteamericana y eliminar todo tipo de ayuda económica.
 
   Era la primera reacción injerencista de la Casa Blanca, que no admitía que los cubanos decidieran construir una sociedad con independencia de los edictos emanados en Washington.


   Tenía 2 años y 9 meses de nacido, aún no caminaba ni hablaba bien, cuando el presidente estadounidense, John F. Kennedy, decidió firmar la proclama presidencial 3447 que impuso formalmente el bloqueo sobre el comercio entre Estados Unidos y Cuba. Su objetivo era presionar con energía, para sacar del poder a un joven guerrillero llamado Fidel Castro, que decidió no mirar al norte pidiendo permiso para gobernar.
 
   La ordenanza entró en vigor el 7 de febrero de 1962 y sin dudas, Estados Unidos pretendió matarme de hambre para castigar a Fidel Castro. Así de sencillo, y ya han pasado 55 años, no soy un bebé, las canas pintan mis barbas, y el criminal bloqueo económico, comercial y financiero contra mi país sigue en pie.



   Crecí, estudié, me preparé toda mi vida casi bajo una amenaza de guerra, experimentando la impresionante sensación de vivir en una pequeña isla del Caribe asediaba, amenazada, bloqueada con saña.


   Tan cruel medida no logró matarme, ni pudo rendir a mi pueblo, ni al joven guerrillero que le devolvió la dignidad a un país que siempre fue traspatio neocolonial de Estados Unidos.


   El mundo lleva más de dos décadas exigiendo a Estados Unidos poner fin a tan aberrante política de exterminio contra un pueblo noble, solidario y trabajador. Ojalá el presidente Barack Obama tenga la sensibilidad y la valentía que hace falta para que sea recordado como un hombre justo.


   No pierdo la esperanza, aun cuando ya estoy tocando las puertas de la vejez, de ver alguna vez a mi pueblo y a mi gente reír tranquilos y construir con libertad, el proyecto social que elijan, sin que nadie les dicte cómo deben edificar sus sueños.


   No pierdo la esperanza, de ver enterrado el bloqueo contra Cuba, como una de las medidas más crueles que se haya impuesto a un pueblo alegre y amigo. No pierdo la esperanza, a pesar de la tozudez de los enemigos de mi pueblo.



   ¡No pierdo la esperanza!