Por Michel
Hernández
Ha muerto a los 82 años la niña eterna de
ojos de luna. La trovadora irreverente y sabia que realmente hizo honor a ese
título viviendo con una extraordinaria honestidad.
La valiente y verdadera martiana que
afirmaba que la vida no vale nada si no se es bueno, si no somos coherentes en
nuestros hechos, con lo que decimos a diario, si no tratamos a nuestros coterráneos
con profunda humildad, sinceridad y cariño.
La artista de espíritu libre y nómada que
siempre tuvo la certeza de que esta vida material solamente es pasajera, para
enseñarnos desde la infancia que para ser grandes teníamos que descubrir hasta
el más oculto vericueto de la sensibilidad de las pequeñas cosas; y encontrar
la felicidad en la realización de alguna buena acción en nuestra existencia
diaria, sin engañar nunca a otros en busca del beneficio propio.
Ha muerto Teresita Fernández cuando más la
necesitábamos, cuando a los que tuvimos la fortuna de crecer con sus canciones
nos embarga la enorme preocupación de que las nuevas generaciones —sobre todos
los adolescentes— no tienen una auténtica Teresita que los ayude a levantar los
cimientos de su educación espiritual.
