Este 3 de diciembre festejamos todos el Día
de la Medicina Latinoamericana, en homenaje al insigne médico cubano Carlos J.
Finlay, a quien debemos el descubrimiento de la transmisión de enfermedades por
medio de vectores biológicos.
Nacido el 3 de diciembre de 1833 en la
ciudad cubana de Camagüey, el sabio médico Carlos Juan Finlay Barrés, realizó
el mayor descubrimiento científico de la medicina tropical: la transmisión de
enfermedades por medio de un vector biológico (el mosquito), con lo que salvó a
la humanidad del azote de la fiebre amarilla.
A pesar del criminal bloqueo económico, comercial
y financiero que Estados Unidos impone a Cuba en más de medio siglo, la isla ha
obtenido mejores logros sanitarios que la mayor parte de los países
latinoamericanos, comparables a los de la mayoría de los países desarrollados.
El médico legista, pediatra y pensador
cubano Antonio Mestre Domínguez, comenzó sus estudios de Medicina en
la Universidad de La Habana, pero luego se trasladó
a París donde cursó la carrera completa (1855-1861).
Fue uno de los principales promotores de un
código de conducta para los médicos. Miembro de la Real Academia de Ciencias Médicas
Físicas y Naturales de La Habana, donde fue secretario y director
fundador de sus "Anales".
Nació en La Habana, Cuba, el 18 de octubre
de 1834. Con
sólo 17 años ingresó en la Facultad de Medicina y al vencer las materias del
tercer curso, a causa de las negativas condiciones académicas para las
venideras asignaturas del Plan de Estudio, en las que se concentraban las
clínicas y de carácter práctico, la familia complació las expectativas del
joven prospecto al planear su salida hacia Francia.
Durante su estancia en esa ciudad, fue uno
de los redactores de "El Eco de París" (1858-1859), que luego se
denominó "La Emulación Médica" (1859-1860), periódico que editaban
los estudiantes cubanos de Medicina para sus compañeros en Cuba.
También colaboró, en 1858, con la
Revista Médica, que se publicaba en La Habana. Mientras residía en Francia, auxilió
a su amigo,José Antonio Saco, en la trascripción de sus manuscritos para la
Historia de la Esclavitud, que éste preparaba por entonces.
Ya
doctorado en París, en 1861 revalorizó su título en el Colegio Médico de
San Carlos (Madrid), y al año siguiente en la Universidad de La Habana.
Ahora que el trasplante cardiaco no es
un sueño en Cuba, vale recordar que en 1907, hace 105 años, por primera vez en
nuestro país, segunda en Latinoamérica y sexta en todo el continente, un médico
cubano cosió un corazón herido.
El valioso aporte a la ciencia médica
nacional, a solo siete años del nacimiento del siglo XX, fue obra del
doctor Bernardo Moas Miyaya, entonces director y primer cirujano de la casa de
salud La Purísima Concepción, de la Asociación de Dependientes del Comercio,
conocida durante muchos años simplemente como la Dependientes,
hoy Hospital Clínico-Quirúrgico de Diez de Octubre, en Ciudad de La
Habana.
El 12 de octubre de 1907, un joven tabaquero
de la fábrica Gener, Isidoro Fernández Triack, recibió una puñalada en el
pecho y fue trasladado a una casa de socorros cercana al lugar del hecho,
donde como parte de los primeros auxilios le dieron un punto en el centro de la
herida con el cual pretendieron suturarla y lo remitieron hacia la clínica en
cuestión, a la que estaba asociado.
Enseguida fueron a buscar al doctor Moas y
cuando este pudo llegar, el paciente había perdido mucha sangre y se encontraba
en estado sumamente grave, por lo que le administraron cafeína, estricnina, 1
500 gramos de suero artificial e inyecciones de éter.
En unión del doctor Félix Pagés, Moas
realizó el diagnóstico primario: herida en el pulmón y probablemente en el
corazón. Llevaron al herido con urgencia al salón y allí fue operado sin
demora. Veamos la explicación del propio cirujano:
"Desembarazada la pleura de sangre y de
coágulos, pudo verse una herida del pulmón que atravesaba el borde anterior del
lóbulo superior, muy cerca de la escotadura cardiaca de dicho borde y cuya
herida no sangraba por estar cubierta de finos coágulos”.
Tomado del diario
Juventud Rebelde. El cubano Maximiliano Velázquez «Malanga», uno de los más
antiguos sobrevivientes a nivel mundial de un trasplante de corazón, nos contó
de su suerte como trabajador portuario; y compartió conceptos suyos sobre la
moral, las amistades y la vida misma
Cuando una conoce a
Maximiliano Velázquez Montesinos (mejor conocido entre los suyos como Malanga),
recuerda que los verdaderos guapos son aquellos que guardan en sí una valentía
de la cual no hablan. Lo más elocuente de este cubano con porte y palabras de
caballero —que dijo más de una vez «es un honor conocerlas»—, es su mirada
encendida, es el brillo de sus ojos de hombre que ha podido apreciar la
maravilla de estar vivo.
Guapo es él, que hace 25
años se entregó en las manos de nuestros médicos para cambiar su corazón
agotado por uno mejor, y que ha subsistido a esa intervención tan difícil,
convertido ya en uno de los más antiguos sobrevivientes, a nivel mundial, de
esa saga quirúrgica.
Malanga, condecorado
como Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba —medalla que pusiera en
su pecho el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro— no cree en cuentos
de callejas: más de una vez en el puerto del Mariel, donde hizo toda su vida
laboral y se convirtió en leyenda, tuvo que decir a quienes llegaban
manoteándole que tomaran distancia y se calmaran, pues él no conversaba con
nadie alterado. Lo respetaban porque era un guapo trabajando; y porque siempre
puso su alma limpia por delante.
«Nací en el Mariel —nos
contó—; en el puerto de allí comencé a laborar con 15 años. Lo hacía como
“caballo”. Así era como le llamaban al que trabajaba por otra persona. La dueña
del puesto, la que estaba oficialmente anotada como trabajadora, me daba la
mitad de lo que ella cobraba, y de los dos, el único que trabajaba era este
servidor».
—¿Cuántos eran en casa?
—Seis hermanos (cinco
hembras y yo el varón). Y estaban mis padres. Hubo etapas muy duras en que no
existían las plazas fijas. La vida para los portuarios era muy difícil. Te
llamaban a trabajar si caías bien, y si no, no te llamaban.