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lunes, 2 de diciembre de 2013

¡Feliz Día de la Medicina Latinoamericana!


   Este 3 de diciembre festejamos todos el Día de la Medicina Latinoamericana, en homenaje al insigne médico cubano Carlos J. Finlay, a quien debemos el descubrimiento de la transmisión de enfermedades por medio de vectores biológicos.
   Nacido el 3 de diciembre de 1833 en la ciudad cubana de Camagüey, el sabio médico Carlos Juan Finlay Barrés, realizó el mayor descubrimiento científico de la medicina tropical: la transmisión de enfermedades por medio de un vector biológico (el mosquito), con lo que salvó a la humanidad del azote de la fiebre amarilla.
   A pesar del criminal bloqueo económico, comercial y financiero que Estados Unidos impone a Cuba en más de medio siglo, la isla ha obtenido mejores logros sanitarios que la mayor parte de los países latinoamericanos, comparables a los de la mayoría de los países desarrollados.

jueves, 18 de octubre de 2012

Científicos cubanos: doctor Antonio Mestre Domínguez, fundador de la Pediatría moderna en Cuba

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En el aniversario 178 de su natalicio

   El médico legista, pediatra y pensador cubano Antonio Mestre Domínguez, comenzó sus estudios de Medicina en la Universidad de La Habana, pero luego se trasladó a París donde cursó la carrera completa (1855-1861).
   Fue uno de los principales promotores de un código de conducta para los médicos. Miembro de la Real Academia de Ciencias Médicas Físicas y Naturales de La Habana, donde fue secretario y director fundador de sus "Anales".
   Nació en La Habana, Cuba, el 18 de octubre de 1834. Con sólo 17 años ingresó en la Facultad de Medicina y al vencer las materias del tercer curso, a causa de las negativas condiciones académicas para las venideras asignaturas del Plan de Estudio, en las que se concentraban las clínicas y de carácter práctico, la familia complació las expectativas del joven prospecto al planear su salida hacia Francia.
   Durante su estancia en esa ciudad, fue uno de los redactores de "El Eco de París" (1858-1859), que luego se denominó "La Emulación Médica" (1859-1860), periódico que editaban los estudiantes cubanos de Medicina para sus compañeros en Cuba.    
   También colaboró, en 1858, con la Revista Médica, que se publicaba en La Habana. Mientras residía en Francia, auxilió a su amigo,José Antonio Saco, en la trascripción de sus manuscritos para la Historia de la Esclavitud, que éste preparaba por entonces.
Ya doctorado en París, en 1861 revalorizó su título en el Colegio Médico de San Carlos (Madrid), y al año siguiente en la Universidad de La Habana.

viernes, 12 de octubre de 2012

Doctor Bernardo Moas Miyaya: El primer cirujano cubano en “coser” un corazón en 1907

   Ahora que el trasplante cardiaco no es un sueño en Cuba, vale recordar que en 1907, hace 105 años, por primera vez en nuestro país, segunda en Latinoamérica y sexta en todo el continente, un médico cubano cosió un corazón herido.
   El valioso aporte a la ciencia médica nacional, a solo siete años del nacimiento del siglo XX, fue obra del doctor Bernardo Moas Miyaya, entonces director y primer cirujano de la casa de salud La Purísima Concepción, de la Asociación de Dependientes del Comercio, conocida durante muchos años simplemente como la Dependientes, hoy Hospital Clínico-Quirúrgico de Diez de Octubre, en Ciudad de La Habana.
   El 12 de octubre de 1907, un joven tabaquero de la fábrica Gener, Isidoro Fernández Triack, recibió una puñalada en el pecho  y fue trasladado a una casa de socorros cercana al lugar del hecho, donde como parte de los primeros auxilios le dieron un punto en el centro de la herida con el cual pretendieron suturarla y lo remitieron hacia la clínica en cuestión, a la que estaba asociado.
   Enseguida fueron a buscar al doctor Moas y cuando este pudo llegar, el paciente había perdido mucha sangre y se encontraba en estado sumamente grave, por lo que le administraron cafeína, estricnina, 1 500 gramos de suero artificial e inyecciones de éter.
   En unión del doctor Félix Pagés, Moas realizó el diagnóstico primario: herida en el pulmón y probablemente en el corazón. Llevaron al herido con urgencia al salón y allí fue operado sin demora. Veamos la explicación del propio cirujano:
   "Desembarazada la pleura de sangre y de coágulos, pudo verse una herida del pulmón que atravesaba el borde anterior del lóbulo superior, muy cerca de la escotadura cardiaca de dicho borde y cuya herida no sangraba por estar cubierta de finos coágulos”.

jueves, 12 de enero de 2012

La Revolución cubana me hizo un regalo, dice uno de los más antiguos receptores de un corazón trasplantado


Tomado del diario Juventud Rebelde. El cubano Maximiliano Velázquez «Malanga», uno de los más antiguos sobrevivientes a nivel mundial de un trasplante de corazón, nos contó de su suerte como trabajador portuario; y compartió conceptos suyos sobre la moral, las amistades y la vida misma
Cuando una conoce a Maximiliano Velázquez Montesinos (mejor conocido entre los suyos como Malanga), recuerda que los verdaderos guapos son aquellos que guardan en sí una valentía de la cual no hablan. Lo más elocuente de este cubano con porte y palabras de caballero —que dijo más de una vez «es un honor conocerlas»—, es su mirada encendida, es el brillo de sus ojos de hombre que ha podido apreciar la maravilla de estar vivo.
Guapo es él, que hace 25 años se entregó en las manos de nuestros médicos para cambiar su corazón agotado por uno mejor, y que ha subsistido a esa intervención tan difícil, convertido ya en uno de los más antiguos sobrevivientes, a nivel mundial, de esa saga quirúrgica.
Malanga, condecorado como Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba —medalla que pusiera en su pecho el líder histórico de la Revolución, Fidel Castro— no cree en cuentos de callejas: más de una vez en el puerto del Mariel, donde hizo toda su vida laboral y se convirtió en leyenda, tuvo que decir a quienes llegaban manoteándole que tomaran distancia y se calmaran, pues él no conversaba con nadie alterado. Lo respetaban porque era un guapo trabajando; y porque siempre puso su alma limpia por delante.
«Nací en el Mariel —nos contó—; en el puerto de allí comencé a laborar con 15 años. Lo hacía como “caballo”. Así era como le llamaban al que trabajaba por otra persona. La dueña del puesto, la que estaba oficialmente anotada como trabajadora, me daba la mitad de lo que ella cobraba, y de los dos, el único que trabajaba era este servidor».
—¿Cuántos eran en casa?
—Seis hermanos (cinco hembras y yo el varón). Y estaban mis padres. Hubo etapas muy duras en que no existían las plazas fijas. La vida para los portuarios era muy difícil. Te llamaban a trabajar si caías bien, y si no, no te llamaban.