lunes, 9 de mayo de 2016

Relájate, que no pasa na´… una respuesta a las indisciplinas sociales en Cuba


por Miguel Fernández Martínez

   Una de las frases más recurrentes en la Cuba de los últimos años es “relájate, que no pasa na´”, algo así como una respuesta popular ante la desmedida y amenazante indisciplina social que se genera diariamente en las calles y barrios de nuestras ciudades, y la peligrosa falta de una contundente respuesta por parte de las autoridades.
   A los que pasamos de los cincuenta, nos resultan chocantes determinadas actitudes que se van enraizando -como la hierba mala a la tierra- en nuestra  cotidianidad, y que muchas veces suceden en las narices de los que deben, en teoría y por obligación, cuidar por la seguridad y tranquilidad ciudadana.
   Ya nadie se escandaliza cuando ve personas vociferando palabras obscenas en plena vía o en un transporte público y tampoco nadie se alarma cuando hombres de cualquier edad, deambulan por las calles y usan los ómnibus semidesnudos, camisetas al hombro y en short y sandalias.
    No sorprende ver paredes de edificios públicos, ascensores, y ¡hasta monumentos históricos!, garabateados grotescamente con mensajes que van desde declaraciones de amor, hasta autodefiniciones personales como: “Yurisvandelys, el caliente de Pogolotti”, o “Maria Karla, la sabrosona del Cerro”.
    Tampoco asombra ver personas irresponsables –a la vista de todos- botando basura fuera de los contenedores; vecinos que prefieren lanzar desde ventanas y balcones las bolsas con deshechos –que incluyen desde comidas hasta heces fecales-, o los ya comunes “buzos” que van de cuadra en cuadra buscando materiales “reciclables” y dejando una estela de basura regada por donde pasan.
   O la nueva moda cubana, que no se encasilla en edades o sexos, de andar con el teléfono celular en mano, escuchando música a todo volumen, sin usar los adecuados audífonos que permita respetar al prójimo que va sentado junto al musicalísimo oyente.
   A esta se incluyen, una manada de “románticos” conductores de ómnibus que obligan a los pasajeros a escuchar sus estridentes selecciones musicales –a pesar de las disposiciones del Ministerio de Transporte, que ni se aplican ni se cumplen-, lo que impide en momentos hasta conversar con la persona que está a tu lado.

ESCANDALOSOS MUSICALES: UNA PLAGA SIN CONTROL
   Pero hoy me detendré en uno de los grupos más letales que pululan en nuestras ciudades: los escandalosos musicales que se aprovechan de cualquier oportunidad –y si no, se la inventan- para colocar sus potentes bocinas en la acera o en balcones, y descargar su algarabía “musical” para que lo escuche todo el vecindario, sin importarle en lo más mínimo que los vecinos deseen escuchar otro tipo de música, ver televisión, conversar en familia o sencillamente, descansar.
   Ya es difícil encontrar una sola calle cubana que esté libre de este flagelo y tampoco la hora del día o la noche es impedimento para las tertulias reguettoneras que pueden durar tantas horas con resistan nuestros DJ ambulantes.
   Sesiones interminables de música que se prolongan por seis y siete horas continúas, obligando a vecinos y parroquianos a recogerse en sus hogares, puertas y ventanas cerradas, intentando salvarse de la demostración de poder e irreverencia ciudadana que nos ofrecen casi a diario esta nueva y “alegre” pléyade de marginales que cada día gana más terreno en nuestro entramado social.

¿INDOLENCIA O PERMISIVIDAD?
   Lo que resulta incomprensible es el auge que estos elementos adquieren cada día en nuestra sociedad, sin que tengan una respuesta, sino  legal o jurídica, por lo menos de parte de las diferentes instituciones estatales y organizaciones políticas, sociales y de masas que están presentes en cada uno de nuestros barrios.
   Todos nos preguntamos, casi atónitos –a veces impotentes- de qué sirven la Ley 81-1997, de Protección del Medio Ambiente, que en su capítulo I, artículo 147, prohíbe “emitir, verter o descargar sustancias o disponer desechos, producir sonidos, ruidos, olores, vibraciones y otros factores físicos que afecten o puedan afectar a la salud humana o dañar la calidad de vida de la población”.
   O nos preguntamos a diario por qué no se aplica debidamente el Decreto-Ley 200-1999, que en su artículo 11 regula las contravenciones y sanciones por generación de ruidos.
   En primer lugar, es a la policía a  la que corresponde hacer cumplir las leyes e imponer, profiláctica o represivamente, el orden y la disciplina. Desdichadamente, vemos que muchas veces eso no ocurre, y desatienden las llamadas de quejas de vecinos o sencillamente, pasan en sus autos patrulleros por nuestras calles, como si no escucharan el ruido que molesta –y en ocasiones atormenta- a una buena parte del vecindario.
   En otras ocasiones, tampoco vemos aparecer al delegado del Poder Popular, ni al presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR), ni a la delegada de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), ni a los representantes de la Asociación de Combatientes, o alguno de los integrantes de los núcleos zonales del Partido Comunista de Cuba (PCC), que enfrenten a estos transgresores de  la ley que en muchas oportunidades, se sienten absolutamente impunes.

ESCANDALIZANDO EN LA CONCRETA
   Desde hace unos meses, visito a un amigo que vive en la habanera calle Maloja, a unas cuadras de la céntrica esquina de Infanta y Carlos III, donde se ha destapado una serie de DJ callejeros, avecindados en esta calle, que  poco a poco se han ido convirtiendo en una plaga agresiva y peligrosa, dispuestos a romperle el tímpano a quien se arriesgue a mantener sus ventanas o puertas abiertas.
   Uno de ellos, quizás el más sui generis de los musicalizadores de la barriada, que vive en el segundo piso de uno de los edificios ubicados a medianía de cuadra, coloca al máximo nivel de volumen su reproductor de música, y baja a sentarse con algunos amigos y amigas en la esquina de la cuadra- a  unos 50 metros de su vivienda-, para entre rones, cervezas y risas, disfrutar del escándalo musical.
   Otro vecino de esta misma cuadra, mucho más osado, coloca una potente bocina instalada sobre un trípode y conectada a un amplificador de volumen, justo en la acera en la entrada del edificio donde vive, y “disfruta” difundir estrepitosamente su música, en ocasiones hasta altas horas de la madrugada y por periodos que puede superar las seis horas de “angustia”.
   Lo peor de estas historias que, de alegres, pueden convertirse en aberrantes, es que en esos momentos no aparece nadie que sea capaz de llamar al orden y a la cordura a los responsables de estas acciones que atentan contra la disciplina, la convivencia y el respeto a la comunidad.
   Varios vecinos cuentan que en ocasiones no se ve pasar a un infante de la policía por la zona del escándalo –que se escucha a varias cuadras por la intensidad del sonido- y en otras, el auto policial pasa tranquilamente sin detener la marcha, como si nada ocurriera.

¿A DÓNDE VAMOS A PARAR?
   “No sé a dónde iremos a parar con esto”, me dice un vecino atribulado que me pide no publique su nombre por temor a represalias de los nuevos “dueños del barrio”.
   “A veces pienso que nos están dejando estas historias para que las resolvamos nosotros mismos, y el problema nos lo busquemos nosotros -me comenta- pero con esa gente no se puede conversar porque se hacen los molestos y ofendidos y uno termina buscándose problemas con ellos”.

SOLUCIONES DISIPLINARIAS O SOMETIMIENTO A LA MARGINALIDAD
   ¿Qué va a suceder con estos nuevos personajes? Verdaderamente, nadie sabe. Cada día son más en nuestras calles y poco o nada vemos que se haga para atajarlos y frenar sus acciones claramente antisociales y nuestra prensa debe tomar  partido, dando voz a los afectados, y señalando con el dedo acusador  la raíz de estos males.
   No hay dudas que debe ser una tarea de todos, pero con las instituciones que tienen como tarea imponer orden y disciplina social y aplicar lo que la justicia prevé para estos casos, imponiendo sanciones más severas a quienes persistan en violentar la paz ciudadana.
   Tan importante como reanudar relaciones diplomáticas con Estados Unidos, buscar vías de expansión de nuestros recursos turísticos y naturales, abrirse a nuevas formas de trabajo, y reformular nuestros derroteros económicos, es proteger la tranquilidad ciudadana y poner en retirada a los  violadores de la ley, que de paso nos van imponiendo a la fuerza nuevas y negativas formas de comportamiento y convivencia, que nada tienen que ver con nuestras más legítimas tradiciones.