viernes, 10 de mayo de 2013

Disidente cubano frustrado en España pide que lo regresen a Cuba



Por Miguel Fernández Martínez

   Los que habitualmente apuestan a apoyar la causa de los controversiales “disidentes” políticos en Cuba, están listos para todo menos para escuchar que uno de ellos, asqueado de una realidad para la que no estaba listo en su condición de emigrante, diga públicamente, entre sollozos, que lo único que pide es que lo manden de regreso a Cuba.
   Este es el caso de Gilberto Martínez, un expreso contrarrevolucionario que emigró a España en 2011, gracias a un acuerdo entre el gobierno del expresidente Jorge Luis Rodríguez Zapatero y la Iglesia Católica cubana, y que ahora ocupa titulares de los principales periódicos ibéricos después de ser desalojado de su vivienda de forma violenta el pasado 7 de mayo por la policía alicantina.
   Martínez viajó al Viejo Continente casi convencido que partía a la tierra de sus sueños. Abandonar su patria, después de alinearse al lado de los que no escatiman esfuerzos por rendir al pueblo cubano por hambre, estaba entre sus pronósticos cuando decidió abrir sus bolsillos a los abominables sueldos imperiales.
   Quizás en lo que no reparó, era que en España no podría vivir del cuento y sin trabajar, como hacía en sus años de “luchador” por los derechos humanos en Cuba, mantenido desde Miami con dinero que salía contante y sonante desde el Congreso de Washington.
   Sin trabajo, sin dinero, y sin la cacareada ayuda financiera que suponía recibir del gobierno de Madrid, Gilberto Martínez fue sacado a rastras de su casa por fuerzas policiales españolas, junto a su esposa Ismara Sánchez, de 43 años; sus dos hijas de 15 y 22 años respectivamente, y un niño de 8 años.
   Según reseña el diario El País, Martínez declaró consternado, después del violento acto policial que lo dejó en el más desesperante desamparo, que a él y al resto de los expresos contrarrevolucionarios que emigraron a España les habían prometido “casa, trabajo y ayuda económica durante cinco años”.
    “Ahora estoy sin nada”, decía Martínez entre sollozos, quien evidentemente jamás reparó que había tomado como tierra prometida a un país sumido en una profunda crisis, con más de seis millones de desempleados y con un gobierno que no mueve un dedo para solucionar la debacle en que está hundido su pueblo, pero a pesar de eso, con la supuesta obligación de “mantener” a los cubanos que habían renegado de su pueblo y de su tierra.
   Con la clásica frustración de los vencidos, y como quien se siente utilizado como vulgar ficha de juego, el emigrado cubano fue enfático al asegurar que “nos trajeron engañados, estamos en la calle, hemos ido de un sitio a otro y lo único claro es que los políticos se tapan con la misma colcha, y no arreglan nada”.
   Este hombre, que ahora acusa al gobernante Partido Popular español de quitarle todo tipo de ayuda económica, reconoce que dejaron de pagar los 400 euros mensuales del alquiler desde julio pasado, y la luz y agua desde septiembre.
   Ahora, lo único que pide es que lo regresen a su Patria, quizás con el remordimiento de haber abandonado a su gente tras las 30 monedas de plata que le prometieron, o convencido que es mucho mejor construir, a pesar de las diferencias.
   Gilberto Martínez no es el único arrepentido. Miami y Madrid están llenas de casos similares, quienes después de exponer la espalda a la ira popular como respuesta a la vil conjura, fueron abandonados en la más oscura miseria por sus antiguos apañadores. 
   En España fue a beber de su propio caldo. Su sueño de la tierra prometida se le convirtió en horrible pesadilla, y a pesar de haber pasado tanto tiempo desacreditando a su país, esta vez conoció en carne propia qué significa violar derechos humanos a fuerza de porrazos.
   No dudo que alguna vez Martínez regrese a Cuba, el mismo país que abandonó por seguir el canto mentiroso de sirenas mercenarias. A fin de cuentas, esta es la Patria de todos los cubanos, la misma que un día él renegó por seguir a sus peores enemigos, pero que le devolverá la posibilidad de volver a sentirse como un ser humano.