Por Gustavo Robreño Dolz
Una de las páginas más tristes y dolorosas
en la historia de la nación cubana fue sin dudas el fatídico 12 de junio de
1901 cuando, bajo la ocupación e intervención militar norteamericana, el
gobierno imperialista de Estados Unidos impuso la odiada Enmienda Platt como
apéndice constitucional a la primera Carta Magna aprobada en días anteriores
por la Convención Constituyente, integrada por los delegados electos por el pueblo
cubano.
Nacía así la República neocolonial. El sueño
incumplido del Apóstol José Martí —tal como expresara en la carta-testamento
político a su amigo mexicano Manuel Mercado—, los inmensos sacrificios y la
sangre derramada durante treinta años quedaban de este modo burlados bajo la
voracidad imperial, desalojando así a la decadente España de una de las últimas
joyas de la corona y acercándose al cumplimiento en el futuro de la ansiada
anexión de la Isla al expansionismo de Estados Unidos.
Enmascarada en la hipócrita y engañosa
Resolución Conjunta del 19 de abril de 1898 por parte del Congreso
estadounidense, que decía reconocer el derecho de Cuba a su plena independencia
y encubrió asimismo la intromisión yanqui en la guerra de los patriotas cubanos
contra España, la Enmienda fue finalmente impuesta como apéndice
constitucional.
Es decir, se convirtió en parte sustancial y
obligatoria en el texto de la Carta Magna hasta el año 1934, en que razones
internacionales de orden práctico aconsejaron al gobierno de Franklin D.
Roosevelt la proclamación de la llamada “política del buen vecino”, también
incumplida e igualmente falaz.
