En 1788, por orden del obispo Felipe José de
Tres Palacios —«rico hidalgo salamanquino», según el historiador Jacobo de la
Pezuela—, comenzaron las obras de reconstrucción y transformación del hasta
entonces oratorio de San Ignacio en la Iglesia Catedral, dedicada a la Purísima
Concepción, cuya imagen se alza en su altar mayor.
Durante la prelacía del obispo Juan José
Díaz de Espada y Fernández de Landa (1802-1832), se llevaron a cabo
importantísimas reformas en el edificio, destruyendo cuanto en ella se consideró
entonces de mal gusto en adornos, altares, estatuas de santos, y sustituyendo
éstas por cuadros al óleo, copias de originales de Rubens, Murillo, y otros
grandes maestros, pintados por el artista francés Juan Bautista Vermay, que
vivió largo tiempo en La Habana, y sus discípulos.
Pero
nosotros no podemos menos de lamentar que el «amor a la sencillez y a las
líneas regulares» que distinguía a Espada, nos haya privado de poder contemplar
los «adornos góticos» que distinguían a esta iglesia, y arrancara de la
Catedral «el cuadro que representaba —seguimos a Pezuela— el forzoso embarque
del obispo Morell de Santa Cruz en 1762 y la violencia que con este prelado
cometieron entonces los ingleses»; obra de arte muy pintoresca sin duda y que
suponemos hoy en el Palacio Arzobispal de La Habana.

