por Miguel Fernández
Martínez
Una de las frases más recurrentes en la Cuba de los últimos años es
“relájate, que no pasa na´”, algo así como una respuesta popular ante la desmedida
y amenazante indisciplina social que se genera diariamente en las calles y
barrios de nuestras ciudades, y la peligrosa falta de una contundente respuesta
por parte de las autoridades.
A los que pasamos de los cincuenta, nos
resultan chocantes determinadas actitudes que se van enraizando -como la hierba
mala a la tierra- en nuestra
cotidianidad, y que muchas veces suceden en las narices de los que deben,
en teoría y por obligación, cuidar por la seguridad y tranquilidad ciudadana.
Ya nadie se escandaliza cuando ve personas
vociferando palabras obscenas en plena vía o en un transporte público y
tampoco nadie se alarma cuando hombres de cualquier edad, deambulan por las
calles y usan los ómnibus semidesnudos, camisetas al hombro y en short y
sandalias.
No sorprende ver paredes de edificios
públicos, ascensores, y ¡hasta monumentos históricos!, garabateados
grotescamente con mensajes que van desde
declaraciones de amor, hasta autodefiniciones personales como: “Yurisvandelys,
el caliente de Pogolotti”, o “Maria Karla, la sabrosona del Cerro”.


