Después de la reciente canonización de Juan
Pablo II, no
puedo olvidar al indio Hatuey y la historia que mis maestros me enseñaron
durante mi formación en las escuelas cubanas.
Cuando vi las noticias llegadas del Vaticano
que anunciaban el viaje eterno al Paraíso de los inmaculados hombres-santos, a
donde enviaban el espíritu de Karol Wojtyła, devenido el “Papa viajero”, recordé la
vieja leyenda del indio taíno-cubano, atado a un árbol para ser quemado vivo
por enfrentar a los colonizadores españoles.
Según cuenta fray Bartolomé de las Casas en
su Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), -que conste que la historia no tiene visos comunistas porque fue narrada en el siglo XVI-, el indio guerrero
fue condenado a la hoguera, castigo reservado a los más viles criminales. Pero
cuando estaba a punto de ser quemado, al preguntársele si quería convertirse en
cristiano para subir al cielo, Hatuey preguntó: "¿Y los cristianos también
van al cielo?"
Al recibir una respuesta afirmativa por el
clérigo oficiante y testigo del salvaje sacrificio, afirmó el cacique, sin más
pensar, que: "No quiero yo ir allá, sino al infierno, por no estar donde
estén ustedes y por no ver tan cruel gente".

