Carta
del preso político puertorriqueño Oscar López Rivera a su nieta Karina (II)
Querida
Karina. Después de la familia, lo que más echo de menos es el mar.
Ya han
pasado 35 años desde la última vez que lo vi. Pero lo he pintado muchas veces,
tanto la parte del Atlántico como la del Caribe, esa espuma sonriente en Cabo
Rojo, que es de la luz mezclada con la sal.
Para cualquier puertorriqueño, vivir lejos
del mar es algo casi incomprensible. Es distinto cuando uno sabe que está en
libertad de moverse a cualquier parte y de viajar a verlo. No importa que sea
gris y frío. Aunque veas el mar en un país lejano, te das cuenta de que recomienza
siempre (como dijo un poeta), y que por ese mar pueden pasar los peces que se
acercaron a tu tierra, y que llegan de allá trayéndote recuerdos.
Aprendí a nadar a muy temprana edad, debía
tener unos tres años. Un primo de mi padre, que vivía con nosotros y era para
mí como un hermano mayor, me llevaba a la playa donde solía nadar con sus
amigos, y me lanzaba al agua para que yo aprendiera. Luego, cuando estaba en la
escuela, solía escaparme con otros niños hasta un río cercano. Todo eso ahora
me parece lejano.
Aquí en la cárcel he sentido muchas veces la
nostalgia del mar; de olerlo a todo pulmón; de tocarlo y mojarme los labios,
pero enseguida me doy cuenta de que quizá tengan que pasar años antes de darme
ese sencillo gusto.






